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Existencia

18 de enero de 1953
Querido, Javier:

Amigo mío, antes que todo, muy feliz año nuevo. Espero que las cosas en Venezuela estén yendo bien, escuché que es un país hermoso y que está lleno de bellas mujeres. La verdad es que extraño tenerte más cerca, pero me alegra que hayas podido concretar tu viaje.
No pude escribirte antes por diversos motivos, sobre todo emocionales. No sé muy bien cómo explicarlo, pero hace poco pasó algo muy extraño. Voy a ir por partes, creo que lo mejor es explicarlo desde el comienzo.
El 1.ro de enero es, por supuesto, feriado. De hecho, me esperaba una semana tranquila, entre el receso escolar y que mis alumnos individuales están de vacaciones; así que, decidí relajarme ese día. Me preparé un té y me senté con un libro en el porche de casa, en ese viejo sillón de mimbre que era de mi madre.
Estaba todo muy tranquilo, abundaba el silencio.
En la calle no había nadie, apenas vi a mi vecino, Carlos, salir a pasear en bicicleta con su hijo menor, y observándolos a ellos fue cuando la vi por primera vez.
No te hagas ilusiones, no era una bella mujer como las que deben abundar en tus nuevos pagos. Era una anciana, tal vez, pensándolo ahora con tranquilidad, de unos 70 años. Seguro un poco más.
La señora se movía despacio, caminaba unos pasos y se detenía de nuevo. Miraba para todos lados, parecía perdida. Llevaba un vestido que en algún momento de seguro fue azul, pero tenía el tono de un pantalón vaquero viejo, gastado, unos zapatos negros, unos gruesos lentes con un marco antiguo y una bolsa a rayas para hacer las compras bajo el brazo.
Lo primero que pensé fue: “pobre señora, salió a hacer las compras justo el día en el que está todo cerrado”. Me levanté con la intención de hacerle señas para ver si necesitaba ayuda, pero en ese momento la anciana llegó a la esquina y cruzó la calle de forma más ágil de lo que esperaba, subió la vereda y comenzó a mirar hacia todas partes otra vez.
Ahí comprendí lo que estaba haciendo: estaba leyendo los carteles colgados en la entrada de las casas. Miraba la altura de cada casa de la calle Del Valle, en la que vivo.

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  1. Leo dice:

    Hey amigo. Esta excelente este cuento. De verdad logras poner piel de gallina. Capo

  2. Fernando Muñoz dice:

    Sebastián, me gustó. Me gustó en serio, no es un cumplido. Tenés un estilo que obliga al lector a zambullirse dentro de una película. Y si bien la historia es simple, lo que es en si mismo es una virtud, mantenés a lo largo de todo el relato un suspenso que empuja a seguir leyendo para entender qué es lo que puede estar pasando. Te felicito. Muy lindo cuento. Abrazos.

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