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Existencia

La observé a través del paredón de mi patio delantero, por encima del patio de Carlos. Miró la casa de la esquina, donde comienza la numeración. Antes de pasar a la siguiente casa, la de Carlos, que recién había salido con su hijo menor a andar en bicicleta; observó con detenimiento cada detalle de la misma: la puerta, las ventanas, el patio, etc.
Volvió a tomarse su tiempo mirando la casa con el rostro serio, curioso. Olvidé mencionar que llevaba un bastón bajo el brazo junto a la bolsa de las compras, aunque no lo usaba de forma continua. Se apoyaba en él cuando se detenía, como para hacer equilibrio.
Por supuesto,  luego se paró frente a la entrada de mi casa. Miró la numeración de la misma y su rostro se tiñó de tristeza.
Sin saber qué le pasaba, me dolió, y mucho, la decepción que transmitía su mirada cristalina.
Le pregunté si estaba bien y si necesitaba algo. Me dijo que estaba confundida. La señora me aseguraba que vivía en esa calle, en la misma manzana que yo, pero que no encontraba su casa.
Sus palabras fueron “Vivo en la calle Del Valle, casa número 7”, pero la numeración impar del lado en que vivo yo comienza con la casa número 3, la de la esquina, donde empieza  el barrio, seguida de la casa de mi vecino Carlos, que es la número 5, y luego viene la mía, que es la número 9.
No existe la número 7, así que mi conclusión en ese momento fue que la señora sufría pérdida de memoria o demencia por su avanzada edad.
De todas formas, su presencia me transmitía paz; parecía una mujer dulce y frágil, como la clase de abuelas que todos queremos tener. La invité a sentarse un rato en mi jardín delantero para que descanse y ver si la podía ayudar de algún modo.
Tomó un poco de agua y, tras un largo suspiro, comenzó a contarme que estaba buscando su casa. Salió a ver si encontraba una despensa abierta porque era consciente que era feriado, pero no tenía nada para merendar ni cenar, y su familia había partido temprano en su automóvil a un pueblo lejano finalizadas las fiestas. Después de dar algunas vueltas por el barrio sin éxito, decidió volver a su casa, pero la misma había desaparecido, se había esfumado.
La señora, que nunca me dijo su nombre ahora que lo pienso, aseguraba que vivía en esta misma calle, Del Valle, casa número 7. Incluso, me describió el barrio con lujo de detalle: la ubicación de las plazas, la escuela primaria, la vieja capilla, la ferretería que está atravesando la avenida, y por supuesto, los almacenes de la zona.
Pero hubo algo que me resultó aún más extraño: contó al detalle mis hábitos. Los días que salgo temprano a dar clases, las tardes en las que me veía abrir la puerta a mis alumnos particulares, y

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  1. Leo dice:

    Hey amigo. Esta excelente este cuento. De verdad logras poner piel de gallina. Capo

  2. Fernando Muñoz dice:

    Sebastián, me gustó. Me gustó en serio, no es un cumplido. Tenés un estilo que obliga al lector a zambullirse dentro de una película. Y si bien la historia es simple, lo que es en si mismo es una virtud, mantenés a lo largo de todo el relato un suspenso que empuja a seguir leyendo para entender qué es lo que puede estar pasando. Te felicito. Muy lindo cuento. Abrazos.

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