Conejo Blanco

Conejo Blanco

No me dijo nada. Se cambió, juntó sus cosas y salimos de la habitación. Tenía ganas de ir a mi departamento a encerrarme y leer lo que sea que había escrito. La curiosidad me estaba matando. No recordaba nada, solo sabia que era perfecto e impuro, algo original, de esos textos sucios que manchan a los lectores de por vida y llevan esa sensación de satisfacción inexplicable, casi sexual, por el resto de sus días. Como todos aquellos clásicos de los que habíamos estado hablando cuando la conocí.
Ella subió a su auto. Así habíamos llegado al hotel, no lo recordaba. Yo había empezado a caminar para el lado opuesto, sin despedirme. Estaba fuera de mí. Comenzó a manejar a mi lado, bajó la ventanilla y me sonrió. Me acerqué sin decir nada. Me preguntó si en verdad quería volver a mi vida, a mi rutina de búsqueda interminable, o si prefería seguir escribiendo como había hecho, de forma continua, perfecta. No lo dudé. Le pregunté si ella era mi conejo blanco. Me dijo que no, aunque ya sabía cuál iba a ser su respuesta.
Su condición fue extraña, hicimos un pacto por lo bajo, sigo sin entender qué provecho iba a sacar ella, pero acepté. Di un paso, tal vez dos, y me subí al auto. Me prometió que podía hacerme escribir como había estado haciéndolo durante ese día, tan puro y real, tan impuro y fantástico, pero que nunca iba a recordar qué era lo que había escrito ni iba a poder leerlo, como había hecho antes con otros cientos de escritores a lo largo de la historia, y aceleró sin decir más.
Me pareció un buen chiste de su parte.

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