Conejo Blanco

Conejo Blanco

Cuando terminamos me di una ducha fría. Salí y di un paso, tal vez dos, cuando la vi. Estaba en la cama desnuda con una lapicera y mi anotador en la mano. Yo solo quería dormir, mi cuerpo no daba más, pero me pidió que le escribiera algo, lo que sea; y, por alguna razón, lo hice. Pensaba en complacerla, escribir algo improvisado y dormir, más o menos, el resto de mi vida.
Durante varias horas no existió nada más en el mundo. El universo entero estaba compuesto por esa habitación de hotel, un par de botellas, una mujer desnuda de la que ni sabía su nombre y la tinta que derramaba sobre hojas en blanco.
Cuando terminé, ya estaba empezando a atardecer, había estado todo el día en esa habitación. Volví a mí. Estaba empapado de sudor, tenía cierto temor ante el hecho de haber escrito todo el día en estado de trance. Ella se estaba bañando, me miró a través de la mampara y me regaló una sonrisa. Noté mis ojos desorbitados, saqué una botella grande de agua fría del minibar y la bebí completa en cuestión de segundos.

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