Conejo Blanco

Conejo Blanco

Me preguntó si me gustaba fotografiar niñas desnudas, si era un pedófilo. Eso me agarró desprevenido. Negué con la cabeza y se rió, ya sabía mi respuesta, pero quería seguir indagando en mi búsqueda, que no era más que un paralelismo ante el mítico autor de El País de las Maravillas. Me dijo algo que siempre supe, pero que nunca había surgido en una conversación. La mayoría de los grandes escritores rompían con lo aceptable, con el status quo establecido por la moral colectiva de los tiempos que corren, y a veces eso se aplicaba a todas las eras. Así como Carroll fotografiaba niñas desnudas (de ahí su “chiste”) y se estima que usaba psicofármacos para hundirse en alucinaciones, pasó por el deseo explícito de Vladimir Nabokov en “Lolita”, reflejado en Humbert Humbert, de poseer a alguna de las niñas que había conocido en su vida. Siguió nombrando otros ejemplos, como el marqués de Sade, y yo solo pensaba <<genial, una prostituta culta>> de forma irónica, porque era muy interesante escucharla hablar.

Nunca había pagado por sexo. No sabia de precios, si estaba bien, si era caro, pero no me importó. Ni siquiera recuerdo haber llegado al hotel, solo sé que fue salvaje, tal como le pedí, esa fue mi única indicación; pero creo que habría sido así por más que no le hubiera dicho nada. Recuerdo que en un punto me dió temor, pero me dejé llevar.

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