Conejo Blanco

Conejo Blanco

Apoyé una mano en el poste, bajé la cabeza mareado, y me preguntó si estaba bien. Abrí los ojos y levanté la vista poco a poco. Su espalda estaba apoyada junto a mi mano. Pelo negro, liso, con un mechón rojo, una oreja destapada, llena de piercings, collar con tachas, remera negra, tetas chicas, campera de cuero, pollera roja, medias de red, y unos zapatos negros con plataforma. Boca roja y los ojos delineados. Cualquier otra mujer me habría intimidado con esa pinta, pero su rostro era jovial; seria, pero simpática, de rostro casi angelical (esa cara no combinaba con su apariencia).
Estaba fumando un cigarrillo. Le dije que eso era malo para la salud y le causó gracia mi observación considerando mi estado. Sé que su risa fue sincera, no se esperaba que inicie una conversación así. No podía acordarme cuánto tiempo había pasado desde que una mujer se había reído de un chiste de mi procedencia. Sacó de la cartera una petaca de ron, licor o whisky. La verdad, no puedo acordarme con qué bebida comenzamos, pero hablamos durante un buen rato. Mis respuestas, sinceras pero crípticas para la media, le hacían hacer otra pregunta, y esa llevaba a otra, aunque viéndolo ahora, en perspectiva, creo que solo estaba jugando conmigo, me seguía la corriente.
Me preguntó qué era lo que hacía una noche de jueves a esa hora y en ese estado por la calle, que era peligroso que me cruce con las personas equivocadas. No di excusas, le dije que estaba buscando mi conejo blanco. Esperaba el mismo rostro de todas las demás mujeres que habían escuchado esas palabras de mi boca. Me preguntó a qué se debía mi apego al icónico personaje de Lewis Carroll.

En los últimos años, mi amor por escribir solo encontraba inspiración en el fondo de una botella, porque tener 53 años y buscar amor no es lo mismo que cuando tenía 25. Esas eran épocas en las que podía escribir algunas líneas en mi anotador mientras tomaba algo en la barra y mostrarle el resultado a alguna mujer. Eso ya era suficiente para obtener algo de amor. Pero nadie quiere comenzar una relación con un meloso cuya mente pasa más tiempo en el plano de los sueños que en el mundo real, así que, debía conformarme con el amor de una noche, o dos, con algo de suerte.

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