Conejo Blanco

Conejo Blanco

Un paso, o tal vez dos, y ya estoy lejos de las pretensiones del mundo, impulsado por mi propia presión, en constante búsqueda de algo más. Le pregunté si era mi conejo blanco; me miró con desprecio, como si fuera un gusano insignificante, y miró hacia otro lado. La esquivé a ella con un paso, tal vez dos, y le pregunté a su amiga si era mi conejo blanco. Me empujó mientras decía algo sobre mi aliento; y eso, combinado con el alcohol que tenía encima, hicieron que mi mundo girara más rápido de lo normal. Todo se detuvo una vez que llegué al piso. Tardé un poco, pero me paré. No había forma de saber que esas mujeres eran la novia y la hermana del dueño del bar, y volví rápido al piso, pero el de la vereda.

Miré mi reloj. Eran las 4am y las calles de la ciudad parecían más oscuras que de costumbre. Me dio un poco de miedo no ver a nadie alrededor, así que, en cuanto vi una luz blanca que brillaba detrás de los árboles de la esquina, caminé hacia ahí. Era la luz de la calle, nada especial. La única luz que funcionaba en toda la cuadra. Había caminado hasta ese lugar con la mirada en lo alto, fija en el brillo que emanaba el foco y en las figuras que se formaban entre las ramas. Había una niebla leve que se veía a trasluz y generaba un clima de misterio único. Pensaba usar todo eso en mi próxima novela.

Un auto pasó rápido a mi lado y bajé la mirada del susto, pues me sacó de mi estado hipnótico o de ebriedad, mejor dicho. Con la falta de luz, parecía que los vehículos pasaban en cámara lenta; aunque ahora que lo pienso, seguro los percibía así como consecuencia de todo lo que había mezclado aquella noche.

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